Recuerdo una experiencia que se me quedó grabada en el corazón. Cruzando en auto un barrio de San Miguel, después de un día de lluvia y por calles de tierra, fui a parar a la banquina del costado izquierdo y quedé con medio auto semi-hundido, de modo que tuve que salir por la puerta de la derecha, casi escalando por el asiento.
Eran las 12,30 hs. de un día de semana, y la verdad es que no se veía un "cristiano" por ninguna parte, para colmo yo lo que necesitaba era "un cristiano con camioneta o camión" que me pudiera tirar para sacarme.

Providencialmente, a dos cuadras vi una camioneta estacionada frente a una casa. Golpeé las manos y salió una mujer con su delantal de maestra jardinera, que indudablemente estaba comiendo porque avanzaba hacia mí tragando el último bocado. Le pregunté por la camioneta y me contestó que era de su marido, que estaba también almorzando y ahí nomás, sin

 
titubeos, le pegó el grito. Salió un muchacho joven que, según me contó después, buscaba con el camioncito verduras en el mercado central y hacía el reparto en las verdulerías de la zona. Justo había terminado el reparto, entonces antes de volver había parado un ratito en casa a comer y descansar.

Le expliqué mi asunto e inmediatamente se movilizó. Dejó el almuerzo por la mitad y allá nos fuimos. Al llegar a mi auto semi-hundido, ya había aparecido el vecino del frente, muchacho joven también, que con las manos en la cintura y casi a modo de saludo afirmó "solemnemente": - ¡Va a estar difícil la cosa,eh!
A lo que Juan, el verdulero, replicó diciéndome: - ¡Algo vamos a hacer, Padre!, mientras sacaba la soga, se metía en la zanja ensuciándose para atarla a mi paragolpes. Después preparó el camioncito para la tironeada y, de a poquito, con gran esfuerzo lo fue sacando hasta ponerlo en tierra firme.

A todo esto en una pausa de la operación volví la vista hacia la casa del vecino "profeta" y ya no estaba, se había metido adentro.
Juan, en cambio, estaba allí, frente a mí, embarrado, con la camioneta mugrienta, sacando humo por todos lados debido al esfuerzo que hizo el motor, con el almuerzo interrumpido, con su merecido descanso postergado y con mi auto rescatado. Y mientras se despedía, con la misma sencillez con que vino y ante mi "infinito" agradecimiento, me volvió a decir "victorioso": -¡¿Vio, Padre, que algo íbamos a hacer?!

Y yo me quedé pensando: ¡Gracias Señor, porque mientras existan hombres y mujeres como Juan en este mundo, no habrá pantano del que no podamos salir, por difícil que sea!
Pero a la vez me nacía una pregunta: ¿Y yo, cuál de los dos era? ¿Era el hombre olvidado de sí, que "perdió" por dar una mano ó era el "profeta chanta", que desde la seguridad de su puerta, con las manos en la cintura lanza afirmaciones, tan verdaderas como estériles, para después desaparecer a la hora de la pechada? Dios quiera que siempre, frente a las dificultades de la vida, sobre todo de los demás, nos salga desde lo hondo del corazón, con esa maravillosa frescura: ¡Algo vamos a hacer! Y lo intentemos.

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Mi última tanda de Ejercicios Espirituales de cada año es la que doy a lisiados motrices. Un grupo de gente maravillosa de quienes uno aprende tantas cosas grandes.
Entre esas cosas aprendidas quizás la más linda de todas, la que más les agradezco y más vergüenza me da, es su alegría, su actitud positiva frente a la vida, que ciertamente a muchos de ellos les ha negado mucho. Su planteo optimista frente a las dificultades y los límites, que en su caso les salen al paso a cada instante.

Siendo quizás el grupo en el que sería muy justificable un pesimismo o una tristeza instalada, por su misma realidad dura, resulta en cambio que es la tanda más alegre, más vital. Donde sería más lógico escuchar un interminable rosario de lamentos, es aquella donde más y con más fuerza escucho la palabra "gracias". Y no es que no sufran lo suyo, sería infantil suponer eso, pero es que quizás por eso mismo, porque conocen el brete, el límite que su cuerpo o sus fuerzan les ha impuesto, es que apuestan a movilizar el alma, a tener muy "de pie el espíritu".
El alma, esa otra parte nuestra invisible, pero muy real y de hecho más importante sin querer menospreciar el cuerpo, ese ámbito donde los entumecimientos, las parálisis, las cegueras dependen en gran parte de mí.

Y para dar razón de ello valga un hecho lindo que me hizo mucho bien.
El segundo día, bien tempranito, yo me había despertado y estaba remoloneando un rato en la cama, cuando empezó a llegar desde mi ventana que da al parque, los acordes desentonados de una canción religiosa. Las voces se acercaban, así que me levanté de un salto y justo al llegar a la ventana pasaban a un metro mío, por el caminito de baldosas que rodea la casa, sin advertir mi presencia, 3 de las ejercitantes. Una en silla de ruedas, otra que empujaba la silla, y a la vez se sostenía de ella, y la tercera iba apoyada en el hombro de la primera. Como decimos en criollo y cariñosamente: "entre las tres no hacían una", o mejor dicho, entre las tres lograron hacer un equipo de apoyo recíproco sin el cual habría sido imposible la osada aventura. De pronto se detenían y deliberaban sobre la próxima canción. Después seguían tan desentonadas como entusiastas. Y yo pensaba: ¡Que maravilla! Era evidente que aquel paseo había sido cuidadosamente planeado el día anterior y quizás soñado durante meses, llenas de ilusión, porque para muchas de ellas el resto del año tiene mucho de encierro, poco y nada de verde y aire, y del fresquito de la madrugada en el campo.

Que maravilla aquella conciencia del propio límite, lo que no puedo hacer solo, que cuando se suma humildemente al saber pedir al otro lo que puede hacer por mí y yo ofrecerle a él lo que yo puedo y él no, entonces se gesta este cuadro que yo tenía ante mis ojos. Aquellas tres voces desentonadas habían gestado, sin querer, una verdadera sinfonía de amor.

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La fortaleza del Evangelio es paradójica porque es fortaleza en debilidad, al revés de las cosas del mundo.

Lo expresa Pablo: “Cuándo soy débil, entonces soy fuerte...”
¿En qué quedamos? Esta es la gran clave: fuerte es aquel que se sabe débil y entonces, porque se sabe débil y frágil, se apoya en “la roca”, en “la piedra”.

Por lo tanto esta fortaleza es un don que pedimos humildemente.

La pedimos desde esta gracia nuestra del servicio y de ser voluntarios. Recordemos qué significa ser voluntarios con aquello que dice Alicia Fuertes: “ ser voluntarios es entrar en la calle, en la casa, en el hospital, en la cárcel, en la hospedería, en el pueblo y en la aldea donde haya un ser que sufre, ser voluntarios es entrar con el corazón en el corazón del que lo pasa mal”.
Así la fortaleza es el don que nos da la capacidad de profesar la fe en medio de las contradicciones y los peligros. Es el don que perfecciona la virtud de la esperanza.

Cuando la esperanza toca su límite, toca el miedo, el peligro de muerte, el dolor, allí la esperanza toma esta forma heroica de la fortaleza. Es importante recordar que la fortaleza no está en nosotros. Ojalá que en nuestro trabajo en Manos Abiertas y en nuestra vida, no nos sintamos “un barco fuerte” porque ese día habremos empezado a fracasar.

Ojalá siempre tengamos la experiencia onda y dolorosa de la fragilidad.
La fragilidad personal, la de nuestros medios, la de los demás, la institucional...

A medida que va creciendo una obra, decimos que tiende a fortalecerse, y es cierto, pero que siempre se fortalezca sabiéndose frágil: porque frágiles son los corazones que la forman. La fragilidad y la grandeza, de nuestras obras, la dan los corazones que están dentro.

¿Cuál es el vicio contrario a la fortaleza? El “respeto humano”.
Esa cierta cobardía, fruto del amor a sí mismo o del amor a la propia comodidad que nos impulsa a evitar las pruebas, las humillaciones, los sufrimientos y las dificultades.

Aquí está el tema de la fuerza del Espíritu en nuestra fragilidad, en nuestro miedo a no poder nada. Es sumamente importante comprender cómo Dios se hace presente con su gracia cada vez que sentimos la tentación de no seguir adelante en el camino. Jesús se lo aseguró a Pablo: “te basta mi Gracia”, porque la fuerza se muestra perfecta en la debilidad.

P. Ángel Rossi S.J.
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Quizás es la gran obsesión en la Resurrección y también, en la vida del Señor.

Su gran mensaje es la paz. "La paz esté con ustedes" "Les dejo la paz" "Yo soy la paz".

Ese estribillo, esa especie de canción se repite en la boca del Señor, y que pareciera que al mundo le cuesta tanto escucharlo en estos tiempos. Tiempos tan violentos. Creo que es importante aquello que decía Cabodevilla:
"No confundir la violencia con la agresividad".

La primera cosa que tenemos que saber distinguir es que cuando decimos violencia, hablamos en un sentido específico, en un sentido negativo. "La violencia es mala" "La agresividad es buena".

Es algo genérico, es potencial y neutro.
 
Es decir, todos somos agresivos. "Es necesario ser agresivos"

Hablamos de agresividad apostólica, por ejemplo, deseamos y pedimos la gracia de la agresividad apostólica. Por lo tanto, todos tenemos impulsos agresivos y algunos son rectos. Diríamos que es la posibilidad de que es agresividad se dirija hacia la vida.
Vida con minúscula y Vida con Mayúscula. Esta posibilidad es la que deseamos para nosotros y para el mundo.

La otra posibilidad es que esa agresividad se dirija hacia la muerte. Entonces, toma la forma triste y miserable de la violencia, bajo todas sus formas. Comenzando por nuestra miserable violencia doméstica... de la palabra dura, del corte de rostro, del saludo postergado, del rostro "embalsamado" por dos semanas y todos nuestros recursos...

No sólo Bin Laden y Bush... nosotros también somos "misilísticos".
Nosotros también sabemos de atentados solapados. Nosotros a veces, damos terror domésticamente.

Los mansos son los que han sabido vencer la violencia en su propio corazón.
El hombre o la mujer pacífica se vuelve sombra, se vuelve posada que cobija. Esta es la imagen bellísima del Señor Resucitado. Esto es lo que pedimos como gracia. Pero no hay que asustarse porque la paz no es un "balazo", sino un proceso.

Es algo que se conquista con el tiempo. Personas pacíficas son aquellas a quienes los contratiempos no los enfurecen. No es que no lo sientan sino que no los enfurecen.
"No se les enoja el alma, dice Cabodevilla. Son aquellos a los cuales, los halagos no lo relajan ni envanecen. Son aquellos a los que los sucesos fecundos, lindos, prósperos no los exaltan. Como decimos en criollo: "No lo pasan de rosca..."

El manso y pacífico ni se desespera en el dolor, ni se disipa en la euforia.
El manso es un gran luchador, paradójicamente. Tiene una lucha denodada contra uno mismo.

Por eso les digo, es una lucha de toda la vida que supone un inmenso coraje. Se dice que amar es difícil, pero amar mansamente es doblemente difícil. Así como la mayor manifestación de la omnipotencia Dios se manifiesta en la misericordia.
Así la mayor demostración de la fortaleza humana se da en la mansedumbre.
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Reflexiones anteriores

 
   
     
   
 
Para ofrecer las manos hay que fortalecer el corazón
 
     
   
 
El Señor es la paz
 
     
     
     
 
 
   
 
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